“No nos queda más que luchar”

Acción Global for Ayotzinapa en Los Angeles, enero 27 (Andre Medina)
Acción Global for Ayotzinapa en Los Angeles, enero 27 (Andre Medina)

Bajo una llovizna rociada pero persistente, la voz de Saira Rodriquez, hija de Nestora Salgado, fundadora y coordinadora de la policía comunitaria de Olinalá, Guerrero, reverberó entre decenas de velas y claveles afuera de la Catedral de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles, en conmemoración y protesta de los cuatro meses desde la desaparición de los jóvenes, indígenas, estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero.

El asunto era éste: “no nos queda más que luchar.” A través de una llamada telefónica, con voz trémula hablaba de la intimidación y las amenazas que ha recibido por exigir y organizar por la libertad de su madre, presa en un penal de máxima seguridad desde agosto de 2013.

Parada allí, tan lejos de Saira y tan lejos de Ayotzinapa, identifique aquellas palabras con los consejos y saberes que me sigue brindando mi familia, mi hxstoria y comunidad.

Palabras que nacen de una hxstoria y contexto de lucha constante, una lección comúnmente transmitida a través de generaciones y fronteras, de madre a hija, abuelo a nieto, de luchadxs social a joven esperanzado y estudiante hacía su pueblo.

Palabras que nuestras madres recitan para condenar condiciones laborales injustas y patrones que manipulan y explotan. Que se expresan a través de los ojos lúcidos que adornan los rostros de nuestros abuelos, que nos platican de su hambre por sobrevivir y vivir alimentado del campo y la tierra. Las palabras y silencios que decenas, cientos, miles de madres, familias, hermanos y compañerxs usan para denunciar la desaparición se su sangre, para articular su dolor.

Lucha. Memoria y lección que impregna nuestra piel, sazona nuestras lagrimas, nutre los surcos de nuestros campos y ayuda a brotar las flores y los arboles entre las grietas de nuestras ciudades urbanas.

La lucha aplastada, marchitada, agobiada, pero viva. Regenerativa, se resucita en las platicas con nuestrxs abuelxs sobre revoluciones frustradas, manifiestos olvidados, sueños congelados. Sobrevive la migración y despojo, retando corrupción, violencia y olvido.

A falta de tanto no nos queda más que la lucha.

Advertisements

Mexico City: Hope

Silent Protest for Ayotzinapa 43 El Zócalo, Nov. 9, 2014
Silent Protest for Ayotzinapa 43 El Zócalo, Nov. 9, 2014

Silent Protest for Ayotzinapa 43 (with translation):

Guerra es cuando tu gobierno te dice quién es el enemigo. Revolución es cuando te das cuenta para ti mismo. Ya basta México, NO te quedes callado.

¿No te da pena que nosotros dos estudiantes de 15 años tengamos más huevos que tu para alzar la voz? Por que en estos tiempos es más peligroso ser estudiante que delincuente. Ya basta Mexicano, NO te quedes callado.

War is when the government tells you who the enemy is. Revolution is when you realize this for your self. Enough Mexico, DO NOT remain silent.

Does it not embarrass you that as two fifteen year old students, we show more bravery than you in making our voices heard? In these times it is more dangerous to be a student than it is to be a criminal. Enough Mexico, DO NOT remain silent.

In this city, I fully and deeply exercise my emotions on a daily, even one block basis. Walking through El Centro to get to a coffee shop a few minutes ago, I made sure to walk past the Palacio Nacional to see the aftermath of the protest and civil disobedience I was able to see in the flesh last night. The graffiti is gone, the police are present, the palace stands impeccable: absence. I walk east, and all along Madero, and witness the presence of people who live hunger, necessity and poverty and beg for a few coins to feed their family: helplessness. Jazz notes flow from a sax and drum duo, and this strange and out of place sensation is born in me: joy. But then I continue to walk and find a pair of fifteen year old students, who in their thirty minute demonstration of pure and sublime resistance inspire a warm and healing feeling inside of me that nurtures me in the city and the country’s perpetually cold night: hope. I thank them, deeply, and keep on my way, rejuvenated.