Entre mariposas y viajes: Crónica de una mujer y su reencuentro con la felicidad

Viajes y andares hace unos ayeres. Playa Santa Maria En Los Cabos, BCS.

Viajando de aquí a la felicidad es una travesía que abarca toda una vida, años de vida, miles de vidas. En este viaje que experimentamos un sin fin de estaciones y pesares. Cuando por primera vez me fui de mi casa, partiendo a la Universidad de California de Santa Cruz, un total de 515 kilómetros de distancia de Los Angeles, recuerdo buscando la felicidad entre la inconformidad y tristeza. Estando tan lejos de todo lo familiar, de la música, de los abrazos y la seguridad que sentía dentro de mi nido, me sentía despojada. Recuerdo lejanamente que en una charla con nuevas amistades acertaba que buscaba la felicidad. Tranquilidad.

Mi compañera de cuarto, una muchacha tierna y detallista, me regalo para esa navidad un cuadro del símbolo chino de felicidad. Mientras me pareció gracioso y un bonito detalle, de golpe obtener el cuadro me provoco a penar que en realidad uno siempre viaja acompañada con la felicidad y que solo era cuestión de descubrirla en el entorno para saber que ella te habita, que ella viaja contigo. Mientras aún guardo ese cuadro preciado como recordatorio, desde es primer viaje ha habido momentos en que he perdido trazo de ella, tanto en mis viajes y retornos como reposo y contemplación.

Pues algo muy curioso ha sucedido en los últimos tres años: he ubicado gran parte de mi felicidad en un lugar tanto mágico como trágico. La Ciudad de México para mi habita todas mis inquietudes, anhelos, deseos. Es un amor que ha producido tan grado de inquietud que cada unx de mis amigxs, compañerxs y familiares pueden atestiguar el trastorno que me ocasiona. Cuando no estoy en la ciudad me siento incompleta, triste, y durante el primer año, deprimida. Siempre he reconocido que ubico mi felicidad en este lugar y como resultado he menospreciado lugares, sentires y amores ajenos a ella. Mientras amo, profundo y completamente a ciudades como Los Ángeles, he sentido una conexión tremenda con esta ciudad y este país.

Estos últimos años me han permitido explorar este amor, descubrirme, cuestionarme, desgarrar, comprender y amarme dentro de ella. Pero a medida que me he amado y alimentado de esta vida, voy descubriendo, quizá desde mis tiempos en la universidad, o quizá por la primera vez, que estas lecciones y saberes las he practicado desde que hace mucho tiempo. Que canalizo esta energía de vida y me alimento de esta felicidad. Y que estos saberes habitan todo lo que veo, interpreto, amo, contemplo. Que no se podrán despojar al menos que yo elige. Esta felicidad es transcendente, la puedo vivir y compartir en donde sea que viaje.

Y me dio cuenta que este año he viajado con la felicidad. Cuando viaje a Durango con mi madre, a pesar de la tristeza de un abuelo ya envejeciendo, recuerdo contemplando la impresionante presencia de mariposas amarillas, tanto en el jardín y patio de la casa de mis abuelos como en la carretera que nos conectaba con la ciudad. Mientras bien me influye la historia de amor entre Mauricio Babilonia y Meme las he adaptado como marco de buena suerte, de aliento y felicidad. Desde que llegue a la Ciudad de México hace un mes, me he sentido con el valor de habitar esta felicidad. Me he reencontrado y conocido a personas que, en sus propios viajes, van trazando su propia odisea, no hacía, pero acompañadxs de la felicidad.

Hace una semana viaje a Baja California Sur a participar en un taller de periodismo con estudiantes de la preparatoria en La Paz. Mientras fue una hermosa experiencia trabajar y aprender de lxs estudiantes fue durante nuestro viaje de San José del Cabo a la Paz que percate la presencia de mariposas amarillas durante todo el camino, asombrándome del reencuentro con mi compañera viajera. Desde el coche vislumbre una viste increíble, en donde mariposas amarillas nos acompañaban en el camino que trazábamos entre nubes púrpuras que enmarcaban montañas hermosas y verdes suspendidas sobre una infinidad de mar azul.

En mis viajes no solo viajo con mi cuadrito y con las mariposas sino también con la certeza que tengo todo lo que tengo para ser feliz, para ser felicidad. Y que aquello no depende de algún lugar, ni circunstancia. Es el compromiso que pacto conmigo misma que dentro de todo lo que yo hago, todo lo que yo vivo, todo lo que contemple, puedo, y encontraré, la felicidad.

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Brotando Frutos: Lecciones del Campo

Roads that lead to apple orchards, Durango Mx.
Roads that lead to apple orchards, Durango Mx.

“Hubieron temporadas cuando tu abuelo cosechaba muchas frutas y frijol, él jamas dejo de trabajar la tierra ni de prepararla, pero hubieron años cuando el helado o la granizada les arruinaba la cosecha, pero la tierra estaba preparada. Ellos jamas pasaron hambre, ellos jamas dejaron de trabajar. Tú eres como aquella tierra preparada, cuidada, lista para brotar frutos.”

There were seasons when you’re grandfather’s land would reap lots of fruits, beans, and a bountiful cosecha. He tended the land year after year but there were years when the winter cold and granizada would ruin the harvest, pero la tierra estaba preparada. Ellos jamas pasaron hambre, ellos jamas dejaron de trabajar. Tú eres como aquella tierra preparada, cuidada, lista para brotar frutos. But you, just like the land, are prepared. You’re used to getting everything easily, you’ve been blessed with opportunities more readily, more steadily, more in the past, but you must work hard now and in the future. Good things will come Meli, you must work for them, and maintain all of the work you’ve put into yourself, the time and love and care you have taken to tend and nurture your being and your life. You will be able to reap flowers and life once again. Be patient and work hard.

“Todo se acaba”: Rural Lessons on Life and Survival

Returning to my mother’s pueblo in Durango, a state in northern Mexico known for its mennonite population and picturesque desert skies, is a voyage through the grandeur of a familial past and the decadence of a present that proves that if everything doesn’t end, it certainly changes.

During this journey I reminisce on a book that has accompanied me for most of this year. Having read Gabriel Garcia Marquez’s One Hundred Years of Solitude thrice this year, I find myself meditating on the influence of the passage of time over the memory and imagination of the past. For me, each journey to our pueblo is thus a new attempt to simultaneously read over and write anew the story of our family.

In the pueblo of Nuevo Ideal, gorgeous and crystal clear skies frame the mountains that surround the bustling town. Amidst the internet cafes and pick up trucks that blast hip hop and corridos that compose the soundtrack of those familiar with el otro lado, there remain few people who saw the town at its earliest.

My grandfather is Pablo, an 87 year old man born in the hacienda La Magdalena. As my last remaining grandparent, his beautiful face shows the wear and richness of a life working and living as a campesino. As I greet him and ask how he’s been, he wearily responds that he continues in good health and says, “pues aquí dando guerra.” Here still waging war.

This drive and motivation is characteristic of our family. The patriarch of our family was Pilar Barragan, my great grandfather, a man almost legendary for his ability to tend the land and establish the familial wealth out of the seasonal crops of apples, chiles, beans, squash and corn. Having worked within the hacienda in La Magdalena, they were early inhabitants of Nuevo Ideal, a town that has just recently reached 77 years old, founded very proximate to the hacienda.

Although his forgetfulness and occasional change in mood are symptoms of a mental illness of old age, which to this day his children fear and are reluctant to name, he still recounts the type of crops he used to tend and how he learned to work the land.

My grandfather learned “mirando”, “pegandose”, observing his father because, as he explains, in reality that is how one learns.   These knowledges equipped him to raise 10 children with my grandmother Juanita solely off working apple and apricot orchards and maize, bean, and chile crops. He became a merchant, buying and selling apples, and traveling the country in order to make a profit off his ingenuity and hard work. This knowledge helped him migrate to the US through the Bracero Program. This knowledge helped him construct a meat market, food stuff store, and tortilleria along with his wife, out of their home. This is the strength that has informed to this day the 87 years of a war to live and to thrive. His father and the necessity to sustain his family taught him to wage a war to survive, dar guerra.

As he explains his father’s work and his own work he ends by saying, todo se acaba. Todo se acaba. Everything ends. Meanwhile a generation fades away, another flourishes, changes, and remains. Yet the strength of character born within my grandfather is a gift imbued in me through my mother. Despite the distance that severed us for many years, my mother left home equipped with the strength to cross borders and to raise her children informed by this will to thrive. Despite time and despite change, I find this incredible necessity to unearth this quality amidst the groves of his decaying apple orchards, from the grooves that adorn his worn face, from within the intelligence of his hazel eyes.

Just like the innovations of modernity seemed to pale as un-innovative, unimaginative, and deceiving in comparison to the knowledge of Melquidade’s gypsies in One Hundred Years of Solitude, there is a value and importance in what my grandfather has to teach me, in what those with a distinct imagination and memory have to leave with us. Much in the same way the Buendía family agonized alongside Macondo’s destiny as a family of simultaneous creation and destruction, we are also presented with the opportunity to discern our growth in comparison to that of our environment. And the importance of realizing that despite any change we remain entitled to pause and find deep within our earliest roots the wisdom we sometimes live our lives to seek.

Suddenly I realize it is not necessary to name any illness, to amass more medicine, more wear and tear, more exhaustion upon the shoulders of a man whose inner strength and drive knows no limit. My grandfather is for me, a beautiful and perfect example of strength and dedication. He encapsulates an innocence I can’t completely explain and a kindness and warmness I will cherish in my childhood memories as examples to follow. He reminds me that everything does in fact end. Que la guerra un día la tendrás que dejar de liderar. But in the meantime we must march on, waging the necessary wars to guarantee our survival and permanence. As my grandfather, my abuelito, as farmer father and fighter,  is thus my earliest teacher on the lessons of life and resistance.

El Regreso Colectivo: Viajando a Durango, Mexico

Nuevo Ideal, Durango
“Los pasos de mi madre,” por la huerta de manzanas de mi abuelo en Nuevo Ideal, Durango.

Preparándonos para nuestro viaje a Durango, entre hacer el equipaje y las compras obligatorias de dulces y demás regalos para la familia, mi mamá me comenta que hoy como cada año se siente triste en su regreso.

Cuando le pregunto la razón por su tristeza, le es dificil explicarlo, pues nace dentro de ella tan naturalmente cada vez que es su tiempo de regresar.

Colectivamente emigramos de Durango hace más de trienta años, ya que mis primeros viajes empezaron cuando ella decidio dejar su pueblo para cruzar las fronteras y establecerse en Los Angeles, California. Desde entonces ella ha podido regresar, contando con toda la autorización burocratica necesaria y con la añoranza y deseo abrumador por el reencuentro.

La nostalgia que ella siente lo he experimentado yo año tras año y me dio cuenta que la tristeza es el deseo de no tener que haberse ido. Dentro de los flujos, retornos y viajes hemos coincidido en el regreso, juntas. Vámos pa’l pueblo.